martes, 15 de enero de 2013

MANUSH - Bariloche


Llego levitando, vengo desde lejos, allá donde toqué el cielo con las manos y lo traigo adentro. Necesito volver a apoyar los pies en tierra firme, congraciarme con mis congéneres y ser otra vez terrenal (el Universo lo llevo adentro pero disimulado, no sea cosa de andar avivando giles). 

En MANUSH me tratan bien, y eso me gusta. Me sirven una cerveza artesanal, "elabortación propia", que me gusta lo mismo o más. Mi pecado: nachos con queso. Mi salvación: disfrutarlos sin culpa.

Me quedo un buen rato porque el clima distentido invita y porque el viaje de vuelta a lo mundano no es tarea sencilla. 

Aunque no lo sienta justo, lo juzgo: volvería aquí cada que pueda a sentirme viva y de tierra. Todos los vasos del mundo, de la mitad para arriba.



lunes, 14 de enero de 2013

BARILOCHE o Waterproof Lupe - Airly Lupe

Me gustó haber vivido el descenso como la primer vista panorámica de las que están por venir, la más abarcadora y general. Una señal, un llamado de atención a aterrizar los pies y la cabeza en Bariloche, consagrarme al Sur, transformarme allá.

No me gustan las expectativas porque incrementan el riesgo de enfrentar la ilusión a la realidad, y es tan difícil estar a la altura de las circunstancias cuando de fantasías se trata! Sin embargo, San Carlos de Bariloche me dejó sin aliento, sin palabras. Fue llegar y dejarme envolver por un torbellino de imágenes únicas, paisajes, vistas, postales en vivo y en directo, yo formando parte, siendo. Una aplanadora de sensaciones nuevas, extremas.

Estallido de colores fusionándose y separándose en el cielo y más allá de él. El ocaso, el amanecer, el horizonte, el pico de una montaña, un cerro, miles de cerros, el lago, las lagunas, el agua corriendo, fluyendo y un chapuzón en sus brazos gélidos para sentirme renacer. Trepar al cielo por el camino que marca la ladera de una cumbre y mi pequeña obsesión por el andamiaje de las aerosillas.

El Sur está infectándome, se mete adentro mío por los poros, me inunda los pulmones cuando inhalo, me corre en la sangre por las venas. Ya no miro con los mismos ojos ni escribo con el mismo abecedario.

A la buena del río y a la vera de Dios, que así sea lo que me queda de camino. AMEN.

viernes, 11 de enero de 2013

SKY BAR - Hotel Pulitzer



Me quiero despedir de la Ciudad y de los buenos amigos. La terraza del Pulitzer parece ser el lugar propicio para hacerlo, de modo que encaramos para el downtown cuando el manto de la noche cae sobre los edificios feroces del centro y se da ese trueque entre los transeúntes: ya no se trata de trabajadores de paso apurado, hablando por teléfonos hiper chiquititos y modernos sino que los que se pasean son esos zombies citadinos, los olvidados, los excluidos.
En el ascensor hay que marcar el piso 13, y eso le da una mística esotérica a nuestra noche aunque yo seguramente sea la única que esté pensando en ello.
El lugar está colmado, una masa humana con ansias de mostrarse, de divertirse, de conocerse. La clave es encontrar el rinconcito donde sentirse a gusto. Pienso un largo rato la palabra que quiero usar para definir la impresión que me deja el primer pantallazo de la terraza, pero ninguna de las que se asoman a mi lapicera son precisas, justas. Podría decir que se trata de una guarida cool, derroche de vanguardia cosmopolita, frescura y novedad, y creo que con eso no estaría mintiendo.
La música suena bien, la barra es pausada pero cumplidora y la vista es un regalo maravilloso. Algo desilusionada (el apocalipsis Maya hizo mella en mí, lo sigo esperando…) confieso que finalmente no hubo nada cercano al número 13 en la noche de Jueves, sólo amigos y risas.
No me quedan dudas, Sky Bar es un buen spot para el verano. A no pasarlo por alto.

miércoles, 9 de enero de 2013

Rey de Copas



Cuando la compañía es grata es sencillo encontrar el lugar propicio para disfrutarla. Y si bien yo misma no podría contradecir tal enunciado, es también cierto que de un tiempo a esta parte me he vuelto más exigente y quisquillosa a la hora de elegir la mejor locación para disfrutar el glorioso sabor del sábado a la noche.
Es que son tantos los días que discurren lentos y monótonos hasta su llegada, cuando las agujas del reloj marcan la medianoche del viernes y entonces esta insípida cenicienta de oficina se transforma en una anónima habitué de los barcitos de moda, que me siento en la obligación de elegir sólo a los mejores.
Claro que no es tarea fácil, ni puedo tampoco decir que en todos los casos me retiro del campo de batalla triunfadora. Mi lado más instintivo me obliga de cuando en vez a arrojarme a la aventura y dejarme guiar por el olfato y la intuición.
Y así fue como di con Rey de Copas, un pequeño paraíso que yace detrás de un estrecho pasillo a la vera de ese río agitado que es Gorriti los fines de semana.  Se trata de una casona transformada en restaurante y bar de tapas, donde ir por un Campari es lo más parecido a tocar el cielo con los manos. En lo que a materia de bares respecta, por supuesto.
Rey de Copas lo tiene todo, sólo que exige suma atención para notarlo. Se trata de un espacio lleno de rinconcitos y de pequeñas sorpresas. Mires a donde mires va a quedar tu mirada suspendida por un rato, descifrando. La búsqueda del tesoro, pero del mejor tesoro, porque los premios son variados: trompetas, espadas, cornos, cofres, tapices, títeres, y ese grafismo en cobre que enmarca la pared detrás de la barra que quita el aliento. La barra hecha de durmientes fue, sin dudas, mi favorito.

 Alzo mi copa entonces, y brindo por las buenas compañías y las búsquedas fortuitas que llevan a buen puerto. Que las que estén por venir corran la misma suerte, y se sumen al mapa que indica dónde amarrar la barca en la próxima navegación.

martes, 8 de enero de 2013

Ralph, El Demoledor

No se trata de calificar o descalificar ni aprobar o dejar de hacerlo, no soy el dedo del emperador. No soy siquiera emperador, para empezar! Pero sí los invito a dar un paseo por mi humilde reino, un viaje por mis experiencias cotidianas en las que me aventuro buscando pasarla bien, aprender y saciar curiosidades.

Y así fue como en esta oportunidad di con el espacio propicio para reírme a carcajadas y conectarme con lo infantil que habita en mí detrás del manto de adultez que va llegándome con el paso del tiempo y la aceptación sumisa de las convenciones sociales.

Y en uno de esos viajes me embarqué las 2 horas que duró Ralph, el demoledor. Me maravillé enormemente por la inquietud sencilla de conocer la vida detrás de las pantallas de los video-juegos, repasé el abc de la división dicotómica a la que nos sometemos, incautos: malos-buenos, on-off, real-virtual. Dejé que me corran lágrimas con el Disney-golpe bajo y me llevé la moraleja.

No hubiera sido mi elección de cartelera, pero dejarme llevar por la decisión ajena trajo buenos resultados: sentarme en la butaca como un niño no está nada mal, después de todo. 

viernes, 4 de enero de 2013

7 Días En La Habana - Arteplex


Es mitad de semana, la noche está avanzada, y el cine está en pleno centro. El plan es irresistible. Hay algo de siniestro en las cuadras linderas al obelisco, algo en el murmullo de las luces que se encienden y vibran cuando el sol se esconde mientras los hombres grises vuelven a sus casas donde los esperan las mujeres grises con la cena servida, algo en las zancadas de los transeúntes atiborrados en las filas de los teatros vetustos del centro, algo en las cúpulas de esos edificios fastuosos donde vuelan bajo los murciélagos citadinos. Ahí estoy yo, testigo privilegiada, viéndolo todo en un segundo, mientras camino a paso apurado hasta llegar al Arteplex.


7 Días en La Habana, pero no conozco siquiera el argumento. No tengo alternativa más que entregarme a la pantalla gigante y abrir grandes los ojos para no dejar escapar ningún detalle.

La peli tiene el ritmo de una navegación marina, un vaivén agradable, llevadero. Son 7 historias a cargo de 7 directores consagrados donde el punto común es la locación cubana. Cada una representa un día de la semana, y muestra a personajes cotidianos atravesando momentos de su vida diaria, o bien sucesos insólitos.

Lo que se deja traslucir así es la cultura de La Habana, esa conjunción extraña que la hace única y compleja. Es un paseo por el corazón de la ciudad, una descripción en movimiento de las mutaciones que fueron sobreviniendo, es la historia de la vida de ese pueblo, son sus tradiciones, sus costumbres y sus sueños, sus aspiraciones más oscuras, sus logros diarios, sus duelos.  

Podría resumir el film sosteniendo que se trata de un recorrido semanal por los dolores y preocupaciones que han aquejado a los cubanos desde siempre, y por la medicina musical que han encontrado para naturalizarlos. Si el todo es más que la suma de las partes, me atrevo a decir que 7 Días en La Habana es testimonio de ello.

miércoles, 2 de enero de 2013

Santiago Motorizado – La Playita



Para Claurock, mi mentor predilecto

Supongo que va ser excesivamente temprano, pero prefiero la cautela a perderme el show otra vez. Estoy en viaje, la tecnología me juega una mala pasada y me veo obligada a llegar hasta La Playita por intuición. Voy caminando con la oreja bien cerquita de las puertas de las casas que descansan mansas en el barrio porteño de La Chacarita. Sucede lo peor, mi pesadilla se hace realidad y del 722 se escapan sonidos, algo que suena tan parecido a la música del Chango que la piel se me eriza.

Espero ansiosa que termine la canción y toco timbre. Como un canto de gloria el chico que me abre la puerta me aclara que estaban sencillamente probando sonido. Presa de la alegría, me dejo caer rendida en uno de los sillones que miran al escenario, iluminado por varias vueltas de lucecitas navideñas de las que cuelgan unos renos pequeñitos, blancos y dorados, junto a unas florcitas verdes y coloradas.

De este otro lado del escenario todo es ecléctico y austero, hecho a pulmón. Me provoca simpatía una heladera antigua atrás de la barra y un mueble simil mesita de luz que sirve de apoyo al parlante.

Santiago Motorizado arranca con su viola, roja como el corazón que abre y entrega, jurándonos querer ser un buen pastor. Se suman la batería y los teclados para imprimirle un tinte más rockero al último sábado del año.

Quiero despertarme y ver el amanecer, ese grito desgarrador de soledad nos deja a todos reflexionando, reviviendo los peores desamores. Pero el humor de Santiago nos arranca de esas imágenes paganas de amores lejanos y crueles “esta noche vamos a decir nena muchas veces”. Y no miente cuando lo dice, y ríe con esa sonrisa hermosa y diáfana.

Llega el turno de la canción que estaba secretamente esperando, y el Chango se confiesa gomoso, pero no sabe que es de esos que nos ablandan el corazón y nos lo nutren y colman. Un tema de Antolín para hacer del recital algo más salvaje, y uno de La Embajada Boliviana para hacernos viajar.
Tanto amor hace que se sienta el calor de verano en La Playita y yo toco el cielo con las manos cuando el bis trae Chica De Oro. Se vive un clima amigable y festivo, estamos unos pegados a los otros, cantando bajito y disfrutando interiormente del show.

El Chango avisa que se va con antelación, para que podamos ir cortando el hilo de amor que se extiende entre su música y nosotros. Haberlo visto fue adelantar unos días el brindis y el deseo de paz y de amor.