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lunes, 1 de abril de 2013

Bosque – Vos qué? – Reserva Ecológica Costanera Sur



Existe en la ciudad de la furia un lugar donde hay pájaros y árboles, y senderos y un secreto. Un lugar donde el arrullo del agua calma el alma, que se escapa del cuerpo y se enreda gustosa entre las ramas y las hojas afelpadas de la planta que indica que estás en lo verdadero. Hay una vida que transcurre, sigilosa e impasible, a la vera del río, al costado de la monstruosidad de cemento que nos confunde y apaga. Hay un espacio que devuelve nuestros problemas en su dimensión real, la más diminuta, y nos libera la cabeza de ataduras innecesarias. Pero, seguro que la atención quedó flotando en el secreto. Y, claro que sí, hay un pasadizo en él, y ese pasadizo conduce al bosque. Ahí la vida es pura y paralela, ahí el ritmo de la naturaleza reina. Ahí nada interrumpe ni detiene el andar del ipacá o el caer de las hojas como una nevada, continua y perpetua. Ahí no hay miles de munditos que atacan, como guerreros de la confusión, la mente agotada. Ahí se respira lo bueno, lo puro y eterno. Ahí es donde recomiendo hacer la limpieza del alma, ligarla con el universo, desnudarse del enredo, de las conjeturas y supuestos hasta volverse uno con el bosque secreto.

martes, 26 de marzo de 2013

Dentro mío hay un paisaje escondido - Jardín Botánico



Cuando me acusan de vivir en un termo, muchas veces me sucede no encontrar ni la cantidad ni la calidad necesarias dentro de mi escueta lista de argumentos para refutar tan nefasta acusación. Me gustan las transformaciones, la idílica posibilidad de modificar el status quo en cualquier otra cosa, sorpresiva e inestablemente. Me tienta la metamorfosis, el vértigo de lo nuevo. La primera señal vino del cielo, cuando pese a todos los pronósticos, el agua se hizo luz y del cielo brotaron rayos de sol que secaron la tierra mojada en menos de lo que canta un gallo.

Con tan poco soy feliz, ir por la vereda del sol con 3 sanguchitos de miga para almorzar en el Jardín Botánico el primer lunes de otoño. Un banco de plaza color verde inglés me recibe amistoso. No me decido, pero da igual, busco en la carpeta de discos el de Los Animales Superforros, play + repeat, y no puedo del asombro.  

Las paredes del termo se están derritiendo y en el instante previo percibo lo que inevitablemente va a venir, cierro los ojos y ahí entonces el estallido abrumador, el termo desintegrado en miles de pedazos, convertido en  burbuja, transformado, una cápsula transparente. Metamorfosis del lugar donde habito, de la casa y mis paredes.  Pero los tímpanos al mango de música, y ver la gente pasar, pero no sus voces. Como marionetas dirigidas por un titiritero invisible. Y los siento a ellos, y también a mí, personajes de un cuento de ficción en el jardín. Por eso será que me gusta tanto Thays, porque en sus jardines germina mi mejor yo.  

Paz y Amor - Plaza Francia


 
Todos mis bunkers puertas adentro me tienen vedada la entrada hoy, parece que necesitan vacaciones de mí. Y así es como, vacante de alternativas más felices, me voy de plan hippie en plena ciudad (algo que a priori puede parecer de lo más contradictorio) a echar la lona al pasto, comer pan relleno y sentarme cerca del hippie con la guitarrita a la sombra del árbol más frondoso de Plaza Francia. Trencitas de colores, rastas emblemáticas, muchachitos en la edad del pavo y manzanas caramelizadas. Nada ha cambiado, nada va a cambiar. Me gusta estar entre la muchedumbre y sentirme parte de la masa en los rincones clásicos y forzados de mi ciudad. Mi yo camaleón se despide así de la semana, con un Feliz Domingo (léase con la voz de S.S.).

miércoles, 6 de febrero de 2013

Feliz Domingo en... Jardín Japonés

Me encerraría gustosa en la Sala Leopoldo Lugones, sólo porque ella conoce uno de mis secretos mejor guardados. Pero la tormenta de anoche dejó como saldo una tarde de domingo que implora aire libre y, engañada como una colegiala, enroco el agua sagrada que baña las costas de Rivera Norte por el símbolo nipón que vive atrapado en Buenos Aires.
Le tengo especial aprecio porque en el tiempo en el que yo dormía en mí me dejé llenar el cuerpo de muchísimas hormiguitas sin horrorizarme, y también porque esa cuadrícula de pasto y cemento me hacen pensar en el País De Las Maravillas, y en la nueva puertita de Alicia que se abrió para mí.
Claro, no fui la única que tuvo esta gran idea, y de repente somos muchos y yo me volví tan ermitaña que los cuerpos yendo y viniendo, susurrando o a los gritos, me dan alergia.
De todas formas, una piedra oficia de banquito y una garcita bueyera (el tipo sabe, se hace el humilde pero la tiene atada) hace las delicias de los que estamos atentos.
Voy a volver un día de semana, en un horario absurdo, a entrecerrar los ojos y ser Oriente.

lunes, 28 de enero de 2013

Museo Sívori


Extrañaba esos lugares que elijo para huir de la vorágine pero que paradójicamente están emplazados en el centro de la misma, y así fue que decidí deliberadamente ir a visitar el Sívori. Es la hora del ocaso, ahí cuando el día y la noche se unen en un abrazo que estalla en esa fusión de colores imposibles de imitar. Necesito ser testigo, necesito no dejarlo pasar.
Sé que voy a encontrarme con contraluz, de Juan Gatti, pero sé perfectamente que eso será el efecto secundario de mi dosis de sosiego. Claro que la exposición es exquisita, porque el artista lo es también. Pero esta vez yo sólo quiero rescatar al Sívori como otro de mis bunkers citadinos.
Si la Ciudad estuviera en llamas me complacería dejarme envolver por lenguas de fuego, si es que ellas se decidieran a pasearse por el Museo. Que me encuentren festejando por dentro el placer inmenso que me produce ese cubículo donde se erige insolente el tronco de una tipa y veo sus raíces a la altura de mis hombros; o que me encuentren sentada en el banco de madera al lado del niño de piedra mientras me dejo envolver por el sonido del tren, latido del corazón de las ciudades en llamas.
Levanto los pies del piso, cierro los ojos y me dejo envolver por el ambiente. Es un viaje fugaz, pero certero. Llego a destino, me encuentro conmigo, tomo la punta del cable, junto todas mis fuerzas y lo arrojo lo más lejos que puedo. Porque de eso se trata mi paseo por el Sívori: cable a tierra.

sábado, 22 de diciembre de 2012

CICLO LA EXPANSIÓN – Festival de Verano: La Suma de Todas Las Partes


¿Dónde me gustaría estar si fuera cierto que en unas horas el Mundo tal como lo conocemos va a evaporarse? Me asusta haber desacertado en mi elección. Quién no tuvo ese mismo temor, quién no se equivocó para luego resurgir de sus propias cenizas. Sólo que esta vez no hay lugar para el error: hoy el apocalipsis y yo ya jugué mis cartas, en el 26 rumbo al Club del Arte.
Sea como fuere, las buenas noticias no tardan el llegar: la dicha está en la terraza. Ubico enseguida la luna, la miro fijo un rato, cuento las estrellas que luchan por mostrarse brillando entre los bloques de cemento que las esconden recelosos mientras Cancioneira canta un arrorró hispanoamericano que me emplaza en el aquí y ahora. Entonces me conecto con el momento presente, me relajo y dejo que mi mente divague con el susurro de su guitarra y la dulzura de su voz. El pibe que lee poesía lo hace bien, lo que comparte a viva voz y es de su autoría me gusta, otra grata sorpresa en la noche final.    
 Pero la ansiedad me juega una mala pasada y bajo corriendo las escaleras que flotan y amenazan un prematuro papelón, sólo por suponer que quizás abajo esté pasando lo que estoy esperando, el fin.
Me gusta estar disimulada, escondida entre los que vinieron sabiendo lo que los esperaba y lo eligieron a conciencia y esto es lo que son y no tienen que andar disimulando por los rincones, como yo.
El caos de tránsito que es esta Ciudad bendita los días de compra de los papá noeles de último momento hizo que todo se retrasara mucho más allá de lo que los organizares previeron, y el Festival de Verano promete para largo. Veremos qué nos depara.

martes, 18 de diciembre de 2012

Despacio Martinez




Despacio Martinez es una perla que descansa en lo más profundo de las serenas aguas del residencial barrio de Colegiales pero que despierta y emerge de las profundidades cada 15 días para abrir la coraza que lo resguarda y dejarnos entrar y maravillarnos de su inconmensurable belleza, y disfrutarlo de punta a punta.

Encontrar la suntuosa puerta y tocar el timbre, esa costumbre demodé. Pasar al zaguán y demorarse allí un instante para alimentar la vista con la majestuosidad de la casa, mientras elegimos entre los múltiples espacios perfectamente engalanados.

Los sillones que invitan o las mesas bajas rodeadas de almohadones, la cocina donde nacen los sabrosísimos platos caseros o la barra sencilla pero generosa. Y al fondo, la niña mimada: el jardín y su pileta, los ojos profundos de esa mujer-niña pintada en la pared, y sus rincones donde descansan macetas y plantas y risas.

En Despacio Martinez se respira siempre un aire renovador, un clima de calma y de hermandad. Allí se ofrece a nuestros pies un tiempo de confort, de comodidad, de distensión y descanso. Es esa casa amiga donde uno sabe de antemano que va a ser bien recibido, y va a volver a visitar.
Despacio Martinez es para mí un WELCOME en forma de alfombra. Otro de mis bunkers donde refugiarme cuando el Tsunami llegue y nos lleve el mar.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Café San Bernardo


A mitad de camino, o apenas si llegando a la mitad. No es el principio, tampoco el final. Eso es el martes, el día amorfo de la agenda semanal: ni chicha, ni limonada. Imperioso encontrarle la vuelta para poder llevarlo adelante y ganarle la batalla al tedio. Es por esto mismo que, aunque mi muñeca no sea un lujo, voy a ir a visitar ese lugar tan exótico que ancla sus raíces en la tierra que descansa mansamente bajo el asfalto furioso que alfombra la legendaria Avenida Corrientes.
Ya conozco el truco: se trata de respirar todo el O2 que se pueda porque cruzar la puerta es subirse a una nube de humo y polvo. Café San Bernardo está en ruinas, y no lo esconde. Sus paredes y el techo hecho escombros, sus rincones atestados de andamios colgantes y una capa de polvillo que lo cubre todo. Pero acá nada de eso importa porque las vedettes son las mesas de pool y claramente las de ping-pong, desde donde brota el ruido cíclico que queda retumbando en los oídos.
Check-in hecho. Ahora: luz, mucha luz. Anteojos de marco negro y grueso, gorras anchas, ropa de feria, bicis, amor por el cuidado del medio ambiente, bigotes y la música moderna. Así son los bernarditos que frecuentan el antro anti-moda en boga. Mesas antiquísimas (sólo porque viejos son los trapos), sillas plásticas apiladas, mozos de escuela y la barra que exhibe en vidriera el menú que no pasa de moda terminan de completar el panorama: cafetín de Villa Crespo o cuna de hipsters, da igual.
Café San Bernardo es mi Israel en Buenos Aires. Ese pequeño territorio que se disputan 14 tribus, que vale menos por lo que es que por lo que representa. Terreno donde se edifica el futuro y la juventud, donde se inspira el creador antes de darse de bruces contra el circuito comercial que lo ahoga y lo condena. Este es ese  lugar.
Aquí se respira una tensa calma, y en ese suspiro me nutro de inframundo, de contra-moda, y me divierto y dejo un mensaje y vuelvo, martes tras martes, a buscarlo y reivindicarlo.

martes, 11 de diciembre de 2012

CENTRO CULTURAL RECOLETA


Capricho de compartir mi bunker:
No es un sonido armónico, es más bien discontinuo, brusco por momentos, inestable y desordenado. Mi espejo. La fuente del patio del Centro Cultural Recoleta me refleja, la brisa cálida de principios de Diciembre me acobija y yo desde el banquito de madera miro el cielo completamente despejado y mientras respiro tan hondo como me den los pulmones.
Mis ideas no están en orden, y no me exijo: no veo porqué deberían estarlo. No hoy. No todavía. Por lo menos, ahora ya sé a dónde ir a desparramarlas. Crecer es, a veces, tener un bunker.